«Se trata a fin de cuentas del a veces doloroso, pero generalmente proficuo, desarrollo económico…».

Si tuviera que confesar mi primera asociación con la expresión «juguetes de pascua», tendría que nombrar la «Casa Jacob». Era una librería que se asomaba a la calle Esmeralda, en el Valparaíso de los sesenta, y que en vísperas de Navidad se vestía de juguetería, llenando sus escaparates con coloridos soldados de plomo, autitos a pedal y triciclos de rojo brillante.

Si a mis hijos, quienes vivieron su infancia en cercano contacto con Estados Unidos, se les formulase similar pregunta, nombrarían al «Toys R Us». Este, muy distinto de la «Casa Jacob», no era un local particular, sino parte de una gran cadena, que llegó a tener más de 2.000 locales en dicho país. Cada negocio era una suerte de «Casa Jacob» multiplicada por cien: todos los juguetes imaginables bajo un mismo techo.

En Valparaíso, la «Casa Jacob» desapareció en los años ochenta. Después, en los noventa, si bien nunca tuvimos en Chile una incursión del «Toys R Us», sí hubo irrupción de cadenas de supermercados con sección juguetería, que pusieron una lápida a las «Casas Jacob» de antes. De seguro también, en los Estados Unidos de los años sesenta y setenta, el «Toys R Us» debe haber causado la desaparición de miles de jugueterías semejantes.

Pero hemos sabido recientemente del inminente cierre de todos los locales de «Toys R Us» en los Estados Unidos, precipitado por la irrupción del comercio online. Ahora, crecientemente, los juguetes se comprarán por vía digital, en sitios como Amazon, y los irán a dejar a la casa, usando quizás medios como Uber.

La evolución descrita, donde un modelo de negocio sucumbe ante la creación de otro que le supera, el cual después de un apogeo declina también para dar paso al siguiente, no es meramente anecdótica. Muy por el contrario, como lo planteara hace 80 años Schumpeter, se trata de la «destrucción creadora», dinámica esencial del capitalismo. La destrucción es evidente: en «Toys R Us» se perderán 30.000 empleos, como antes se perdieron otros miles cuando desaparecieron las «Casas Jacob» de este mundo. Pero ello ocurre porque los nuevos métodos son más eficientes que los anteriores. Así, aunque el proceso resulta algo traumático, el ingreso general crece, porque el trabajo se reasigna a sectores que generan más valor. Se trata a fin de cuentas del a veces doloroso, pero generalmente proficuo, desarrollo económico.

Schumpeter, desempolvado de las bibliotecas ahora que viene la «tercera revolución industrial», nos recuerda que creación y destrucción son dos caras de la misma moneda. Para la añoranza por aquello que la nueva creación destruye, nos queda el consuelo de la poesía: «Recuerda que tu casa puede desvanecerse, como el oleaje rojizo de los ciruelos», nos dice Jorge Teillier. El verso se los cité a mis hijos, ahora jóvenes, cuando supieron de la muerte del «Toys R Us».

Jorge Quiroz