La esperanza, en su primera acepción, sería un estado de ánimo «en el cual se nos presenta como posible lo que esperamos». En su segunda en cambio, es algo más banal: corresponde al «valor esperado» de una variable aleatoria. Mientras el primer sentido de la palabra carga con lo subjetivo, el segundo pretende objetividad.

Es muy duro vivir sin esperanza, al menos en su primera acepción; no por nada, la esperanza, en el sentido de esperar lo que Dios nos tenga preparado, corresponde a una de las tres virtudes teologales. ¿Y qué hay de la otra esperanza, la matemática? Aparentemente los humanos tampoco podemos prescindir de aquella. En efecto, estamos llenos de informes que predicen esto y aquello: los reportes del Fondo Monetario, del Banco Mundial y nuestro criollo «IPoM», por nombrar sólo algunos; vivimos también rodeados de «expertos» y autoridades de todo tipo que pregonan a diario cuales son los valores esperados de tal o cual variable, con un halo de certeza que no se condice con los hechos.

El Banco Central proyectaba hace sólo tres meses atrás una inflación a fin de año de 2,8%, pero ha debido subirla en casi un punto porcentual. Otros expertos, ayer, después de conocer un único dato, la inflación de marzo, se atreven a modificar de nuevo a la baja la proyección del Central, y hablan de décimas menos, como si ello tuviera perfecta racionalidad. La revisión a la baja que el mismo IPoM ha debido hacer de las proyecciones de demanda agregada en tan sólo un trimestre es, por decir lo menos, dramática. El ministro de Hacienda por su parte, que le decía a quien quisiera escucharlo que el 2015 iríamos «de menos a más», sugiriendo incluso tasas de crecimiento superiores al 3% ha tenido, espero, que pensarlo nuevamente.

Otros expertos, aún más temerarios, sostenían que la reforma tributaria no tendría efecto en el crecimiento ni en la inversión, pero ahora vemos que ésta ya cobra su precio. En el mismo tenor, hay quienes hoy dicen que la reforma laboral ad portas no tendría efecto en el empleo, como si conocieran con precisión el peso de los ángeles y pudiesen entonces sopesar lo que Keynes llamó los «espíritus animales», hoy sueltos a su antojo por las redes sociales. Expertos en política nos aseguran que los recientes escándalos que se ven urbi et orbi no tendrán efecto en la reputación internacional de Chile, y si acaso, tampoco en las perspectivas de la economía…sin comentarios. Hasta hace muy poco, el Fondo Monetario Internacional interpretaba las bajas cifras de crecimiento económico del mundo desarrollado como un

fenómeno transitorio que se arreglaba con expansión monetaria; esta semana sacó un informe diciendo básicamente lo contrario.

Parece evidente entonces que la «esperanza matemática» se ha vuelto un sinsentido. El único motivo por el que seguimos gastando esfuerzos en «proyectar» el futuro deviene aparentemente de una falencia neurológica de nuestra especie, la que no puede vivir sin imaginar permanentemente el futuro y sin tener, aunque sea un ilusorio sentido del control. Pero si nos ponemos serios, lo mejor es tomar a las proyecciones sobre el futuro con mucha cautela, si no con total escepticismo. Vivimos en la era del fin de la esperanza, matemática.

¿Y qué podemos hacer sin ella? Si es imposible determinar el impacto de las nuevas reformas en el delicado contexto en que estamos, parecería prudente adoptar una aproximación más modesta a las mismas; si no sabemos cuál será el impacto financiero a largo plazo del letargo del mundo desarrollado, parecería prudente fortalecer nuestras reservas y reanudar nuestra tradición de austeridad fiscal; si no podemos asegurar con certeza nuestra recuperación económica, parecería prudente abrir el máximo espacio al sector privado, responsable del 80% del PIB.

Después de todo, si desaparece la esperanza matemática, al menos nos queda la otra, pero para que tenga algún asidero, se precisa de la prudencia, que aunque no teologal, es una de las cuatro virtudes cardinales de Platón.