Desde luego, me refiero al general Ibáñez. Cuentan que éste, contrariado por las alzas de precios, inquirió a su Ministro el por qué de la carestía. La respuesta del Secretario de Estado no se dejó esperar: «Se debe a la Ley de la Oferta y la Demanda, mi General», a lo que el pequeño sátrapa contestó airado: «¿La Ley de la Oferta y la Demanda? ¡Habérmelo dicho antes!

¡Deróguela de inmediato entonces!»La anécdota es ilustrativa porque desde la política, a ratos se piensa que es posible «derogar» la ley de la oferta y la demanda… Quién sabe a qué puede deberse tamaña falacia; acaso algo tenga que ver con el hecho de que los honorables legisladores parecen vivir al margen del sistema de precios: la última vez que visité la cafetería del Senado por ejemplo, cuando quise pagar me miraron como si fuera de otro planeta, porque todo es gratis. Tal vez ello distorsione el sistema neurológico y haga olvidar principios económicos fundamentales, quien sabe; eso sería ya un tema para la neurociencia porque estaría en juego el concepto de «neuroplasticidad»: las neuronas se hacen tan plásticas que terminan olvidando lo fundamental.

Un ejemplo reciente de prescindencia de la ley de oferta y demanda proviene de la manida idea de «Universidad Gratis». Es previsible que con la gratuidad universitaria los estudiantes pasen ahora largos años en las aulas (y también en las calles) cambiándose de una carrera a otra; de Danza Subsahariana a Cosmetología Centroeuropea; o acaso de Literatura Latona a Finanzas de la Isla de Man: «total, la cosa es gratis». Por otro lado, como la Universidad será gratis, aún con reforma tributaria va a faltar plata para tanto alumno con gustos tan diversos. La consecuencia serán listas de espera – más demanda que oferta- y caídas en la calidad, un viejo truco ilusionista para equilibrar oferta con demanda con medios poco santos.

Pero los intentos por derogar la ley de la oferta y demanda continúan. En efecto, una reciente iniciativa propone que «la primera media hora de estacionamientos de los centros comerciales sea gratis». En cuanto a las siguientes, bastará que se acredite compra en el centro en cuestión. En breve, estacionar en un centro comercial será «casi gratis».

Aunque se dice que la iniciativa nacería de nuestra ordenanza municipal, que obliga a construir estacionamientos a los centros comerciales, ello es falaz. Porque una cosa es obligar a construir estacionamientos y otra bien distinta es obligar después a que sean gratis.

Cuando la ciudad crece, los estacionamientos de los centros comerciales son ocupados no sólo por los clientes del centro en cuestión sino también por otros usuarios. En otras palabras, el espacio se convierte en un bien escaso y es preciso asignarlo de alguna manera. Cuando se asigna vía precio, entra la ley de la oferta y demanda a resolver el problema; cuando se impone «gratuidad» en cambio, el problema, lejos de resolverse, se magnifica. En efecto, si se deja que se cobre por estacionar, más gente preferirá usar el transporte colectivo u otro medio, liberando así espacios de estacionamiento; y también, a mayor precio, más serán los inversores independientes que construirán estacionamientos, para suplir la escasez de espacio: ambas fuerzas juntas, la oferta y la demanda, resuelven el problema. A contrario sensu, si el precio es cero, lo que ocurrirá es que se llenará de colas en la calle para entrar gratis al estacionamiento del centro comercial, aumentando la congestión y generando una pérdida social neta, porque el costo del tiempo perdido no lo percibe nadie. Adicionalmente, se desincentivará la inversión en estacionamientos por parte de agentes independientes a los centros comerciales porque por ley, deberán competir con una oferta que tiene precio igual a cero.

Parece increíble que se esté si quiera pensando en una ley así. ¿Estará de regreso el general Ibáñez, camuflado por ahí entre algunos legisladores? El asunto sería preocupante; yo preferiría que al general Dios lo tuviese en su Santo Reino, pero allá, no acá.