Jorge Quiroz: “Se trata más bien de que, como los recursos son escasos, el crecimiento es condición necesaria para las múltiples aspiraciones que tenemos como sociedad.”

 

Décimas más, décimas menos, el crecimiento económico de Chile en 2017 va a cerrar en torno al 1,6%, una cifra solo marginalmente superior al aumento de la población. En su conjunto, la administración que termina habrá exhibido un crecimiento menor al 1,9% de promedio anual; hay que remontarse hasta las secuelas de la crisis de 1982 -años 83-86- para encontrar cuatro años con un promedio similarmente magro. Por su parte, la inversión completará un cuatrienio de caídas, fenómeno que no nos visitaba desde los convulsionados comienzos de los setenta. A su turno, el déficit efectivo del gobierno central se habrá empinado al cierre de 2017 a 2,8% del PIB, el más grande desde la crisis de 2009, mientras la deuda pública bruta se habrá casi doblado desde 2013 a la fecha.

Hay quienes celebran un cierto “legado” que habría tenido esta administración. Quizá exista tal legado y sus rasgos sean algo imprecisos; ello es opinable. Pero no tiene caso buscarlo en las cuentas nacionales o en la hacienda pública: la economía no fue lo suyo.

Lo que nos lleva al crecimiento económico. Es urgente recuperar el dinamismo. No se trata de que el crecimiento sea lo único importante “y lo demás es música”, como dijo un ex Presidente, con gran ofensa para los cultores y amantes del cuarto arte además. Se trata más bien de que, como los recursos son escasos, el crecimiento es condición necesaria para las múltiples aspiraciones que tenemos como sociedad. Ni mejores pensiones ni educación gratuita de calidad, por poner solo dos ejemplos, podrán atenderse sin un desempeño económico sustancialmente mayor al observado en los últimos años.

¿Cómo crecer? En el corto plazo, el crecimiento resulta de una expansión de la demanda agregada. Y tratándose de esta última, el componente que más rápidamente podría cambiar es la inversión, por ser sensible a lo que Keynes llamara “los espíritus animales”. En algún sentido, entonces, volver a crecer pasa por “volver a creer”. Pero los tiempos han cambiado y ya no basta con creer: si hace diez años una evaluación de impacto ambiental tomaba entre 10 y 12 meses para aprobarse, hoy precisa un plazo superior a 22 meses. También, la burocracia ha crecido explosivamente: un proyecto minero requiere de 241 permisos sectoriales antes de ponerse en marcha. El desafío de gestión pública es formidable.

Y la tarea no termina ahí. En el largo plazo, además de la demanda, el crecimiento se sostiene por una mayor capacidad productiva de la economía. Aquí los retos son incluso mayores. La casi nula tasa de crecimiento de la productividad total de factores, fenómeno de ya larga data, hace necesarias reformas contundentes que contribuyan a mejorar la eficiencia. Esto requerirá del nuevo equipo económico habilidad para convocar muchas y diversas voluntades, en un amplio espectro político. En breve, volver a crecer será una tarea, si no de todos, al menos de muchos, pero en ningún caso de unos pocos.

Jorge Quiroz