Jorge Quiroz: «¿Es que al Presidente Trump le gusta ‘jugar a la guerra’? De ser así, padecería alguna forma de locura. Pero cabe una hipótesis alternativa. Quizá se trata del ‘juego de la gallina’…».

En julio del año pasado, los temerarios lanzamientos de misiles del dictador de Corea del Norte, retroalimentados por declaraciones igualmente temerarias del Presidente de los Estados Unidos, lograban asustar al mundo. Se llegó incluso a hablar de guerra.

Pero el susto duró poco: se trataba solo del primer acto. En febrero de este año, en los Juegos Olímpicos de Invierno celebrados en Corea del Sur, las delegaciones de ambas Coreas, por primera vez en doce años, desfilaban alegremente bajo una misma bandera. Luego, con gestiones de China tras bambalinas, tanto Trump como el dictador coreano bajaban el tono de sus declaraciones. El segundo acto fue feliz.

Con algo de déjà vu, hace un mes atrás, como advertimos desde esta columna, el Presidente Trump comenzó la coreografía de la guerra comercial. Luego, en un memorándum del 22 de marzo, calificaba a China de agresor económico; el martes pasado anunciaba la imposición de aranceles extraordinarios a cerca de 1.300 productos de origen chino, y solo dos días después elevaba la magnitud de la amenaza a cien mil millones de dólares de importaciones. La respuesta de China, aunque más moderada, comprendió amenazas de represalias a múltiples productos de origen estadounidense. Así, en solo seis meses, pasamos de una posible guerra militar a una posible guerra comercial. El mundo se vuelve a inquietar.

¿Es que al Presidente Trump le gusta «jugar a la guerra»? De ser así, padecería alguna forma de locura. Pero cabe una hipótesis alternativa. Quizá se trata del «juego de la gallina».

El juego de la gallina, estudiado en teoría económica, fue popularizado en el clásico del cine «Rebeldes sin causa». Es como sigue. Dos conductores parten cada uno en su auto a toda velocidad hacia un barranco. El primero que salta de su vehículo, para evitar la muerte, pierde. Es el «gallina». El juego se aplica allí donde los jugadores piensan que están en un mundo «de suma cero», donde lo que gana uno, lo pierde el otro. Trump, con una visión algo mercantilista del comercio, así parece entender las cosas.

En el juego de la gallina vence quien persuade a su adversario de que está lo suficientemente loco como para precipitarse al barranco con tal de ganar. De este modo, el adversario preferirá saltar del auto antes que seguir compitiendo con un desquiciado. O sea, para ganar el juego de la gallina hay que «hacerse el loco». Así las cosas, el Presidente Trump, lejos de padecer patología alguna, quizá solo se hace un poco el loco para lograr sus objetivos. No jugaría a la guerra, sino a la gallina.

Pero estamos aún en el primer acto de la guerra comercial, solo anuncios por ahora. El problema es que hasta que no conozcamos el segundo acto, no se puede decir si Trump juega a la guerra o a la gallina… Además que en «Rebeldes sin causa», uno de los protagonistas termina muerto en el barranco. De ahí la inquietud.

Jorge Quiroz