Por Jorge Quiroz

Un conocido político de la Concertación dijo hace poco que los primeros catorce meses de gobierno de la Nueva Mayoría eran “para olvidar”. Mala idea. Si olvidamos no vamos a aprender nunca. Hace un año atrás, un coro de economistas de gobierno, al que se unió por arrastre cierta fauna acompañante (no lo tomen a mal, es un cariñoso término pesquero), decía que la economía había “tocado fondo” y que íbamos a ir “de menos a más”… Más tarde incluso se llegaría a hablar de “brotes verdes”. Algunos aún juran haberlos visto; el ilusionismo colectivo como fenómeno paranormal es sencillamente impresionante. En contraste con ello, desde este mismo espacio, en septiembre del año pasado escribí: “…han salido muchos a decir que habríamos “tocado fondo”… ¿Qué fundamento existe para ello? Ninguno que yo sepa”.

Lamentablemente estaba en lo cierto: a pesar del coro, era evidente que el emperador iba desnudo y su desplome estaba escrito en las paredes. Hoy la economía, después de un decepcionante 2014, lejos de tocar fondo se desliza a terrenos acaso aún más sombríos, dejando al propio Banco Central repetidas veces off-side –para usar una expresión del momento- con su intervalo de confianza que viene cayendo a tumbos en cada IPoM desde el 3%-4% para 2015 que esperaba hace un año atrás al 2,25%-3,25% que plantea hoy, como si el agregar ahora dos dígitos después de la coma fuese a dar una sensación de seguridad a proyecciones repetidamente fallidas. Y lo que viene para 2016 no es mucho mejor. ¿O usted ahora sí ve brotes verdes? Si ve brotes verdes, le sugiero que se haga ver.

Del mismo modo, en los albores de esta administración, se argumentaba que las reformas, con su énfasis redistributivo, le darían sustentabilidad de largo plazo al crecimiento. Habría un apaciguamiento de las demandas sociales, por la vía de la gratuidad de la educación y otras tantas cosas más, haciendo a la gente feliz, pacífica y trabajadora. Con escepticismo, desde este mismo espacio, dije en diciembre de 2013 que “hecha la reforma tributaria y asegurada la gratuidad en la educación, veremos nuevas y crecientes demandas sociales: la calle irá por más”. Debo lamentar, nuevamente, haber estado en lo correcto. Después de una reforma tributaria que botó a la inversión en nada menos que cinco puntos del PIB, y de anuncios urbi et orbi de todo tipo de gratuidades en la educación y otros ámbitos, como resultado de las renovadas protestas y marchas de estudiantes y profesores, hoy se está a punto de perder el año académico en miles de establecimientos educacionales. La calle pide más. Lejos de ver a la gente “apaciguada”, disfrutando de esperadas transferencias por dos o tres puntos del PIB, parecemos estar viviendo lo contrario: un clima pre revolucionario. Hoy como ayer, me veo en la necesidad de repetir este pensamiento de Aristóteles, también citado en la columna ya referida: “la avaricia de los hombres es insaciable: al principio basta con dos óbolos solamente, (pero) cuando se acostumbran a ello siguen pidiendo cada vez más, hasta el infinito”. ¿No es aquello una buena descripción de lo ocurrido estos últimos catorce meses?

El tiempo demuestra a cualquier observador algunas buenas verdades. La incertidumbre y el cuadro de incentivos adversos de la reforma tributaria y otras fue un golpe brutal para la inversión. La caída de inversión desaceleró el crecimiento y si bien el activismo fiscal puede compensar en el corto plazo, la receta no dura para siempre, además de que el tesoro público se agota: el que tenga dudas en esta materia, que consulte con Grecia. Y en materia de regalos desde el Estado, cuando los grupos –profesores, alumnos, sindicatos, empleados fiscales, empresarios, etc– perciben que es mejor pedir tal o cual prebenda antes que esforzarse y trabajar por ello, preferirán lo primero, qué duda cabe. Y abriéndose la caja de pandora, no hay quien la vaya a cerrar. Como dice el refrán, “para verdades, el tiempo”.

Entonces, ¿por qué olvidar?