Por estos días anda Thomas Piketty, aplaudido por la izquierda criolla, que hace poco debió haber celebrado los veinticinco años de su Big Bang. En efecto, convendremos en que difícilmente la izquierda chilena habría sido todo lo exitosa que fue si los socialismos reales no hubiesen implotado trágicamente. Ello facilitó el nacimiento de nuestra izquierda «renovada», que si bien mantuvo parte del lenguaje y los puños en alto, adhirió, en definitiva, a un modelo de mercado con énfasis social con resultados encomiables: acaso el mejor cuarto de siglo desde la independencia nacional.

Lo que nos lleva al tema de las ideas, que como se ve, han inspirado aciertos pero también tragedias. De ahí que interese analizar a Piketty desde la historia de las ideas. Es algo que debiera estar haciendo la derecha en Chile, pero hoy está atareada en otros asuntos.

Desde luego, Piketty no es ni por cerca el primer economista que se preocupa de la desigualdad. La distribución del ingreso estuvo presente desde la economía clásica. El problema con todos los economistas «clásicos» fue que estuvieron dominados por una «idea fuerza», la de Malthus, que planteaba que cualquier incremento de salarios por sobre el nivel de sobrevivencia sería necesariamente abatido por el consiguiente aumento de población. En esa trampa conceptual las proyecciones eran necesariamente oscuras: no había esperanza para quienes carecieran de capital.

Pero la realidad superó a las ideas. Y fue Alfred Marshall quien se hizo cargo de ello, desafiando el antiguo paradigma. A diferencia de Marx, que en toda su vida no visitó fábrica alguna, Marshall se dio el trabajo de visitar cientos de ellas y anotar laboriosamente cuantiosa información. La conclusión fue que existían múltiples oportunidades de mejorar la productividad por la vía del entrenamiento y que ese aumento de productividad sí podía ser capturado por el trabajador. En breve, la clave para subir los salarios era la productividad. ¿Suena familiar? Los años que siguieron en los países industrializados demostraron que Marshall estaba en lo cierto; atrás quedaba la «idea fuerza» de Malthus.

El hito siguiente fue Kuznets, quien mostró que el crecimiento económico estaba asociado a un aumento en la participación del trabajo en el ingreso. Esa tesis, que el crecimiento en una economía de mercado generaría por sí sólo una distribución a favor del trabajo, fue un pilar central en las ideas que el mundo libre opuso a las promesas de los socialismos reales. Desde luego, la «idea fuerza» de Kuznets fue calificada desdeñosamente por la izquierda de la época como la «teoría del chorreo».

Lo que Piketty viene a mostrar ahora, para regocijo de la vieja izquierda y soterrada perplejidad de la «renovada», es que la «teoría del chorreo» sería la excepción en vez de la regla. Por medio de un trabajo masivo de datos, Piketty «completó» la curva de Kuznets, hacia atrás y adelante en el tiempo. Concluye que lo que Kuznets vio habría sido un periodo excepcional, en que el crecimiento fue muy dinámico. El resto de los años, el crecimiento sería menor que la tasa de retorno al capital.

Si ello es así, la tajada del capital en el ingreso podría crecer sin límites en el tiempo, hasta llegar incluso a los oscuros años de Malthus en que la economía era calificada como «la ciencia triste». Lo estremecedor es que Piketty sugiere que la condición de que el crecimiento sea menor al retorno al capital podría ser una suerte de «ley histórica»; esa es, en definitiva, su «idea fuerza».

Así como ayer los economistas clásicos se cautivaron por la «idea fuerza» de Malthus, los economistas de izquierda parecen hoy ganosos de cautivarse por la de Piketty, lo que no es sorprendente porque ambas incuban un pesimismo colosal sobre las posibilidades que ofrece el capitalismo para mejorar el bienestar de las grandes mayorías. La derecha tiene tarea. Por mientras, Piketty está en su tinta y la izquierda en su salsa.