Hace ya muchos años tuve el privilegio de visitar el “Parque Tantauco”, cuando estaba en sus comienzos. El anfitrión, muy gentilmente, había invitado a un grupo diverso. Concurrían desde un par de empresarios y economistas hasta un profesor de teatro, pasando por un Senador de la República, un científico, un connotado abogado, una ecologista profunda y dos destacadas periodistas. Un poco como en la novela “Diez Negritos” de Agatha Christie, de pronto nos vimos de sopetón, un grupo de semidesconocidos, en una suerte de isla: un claro rodeado por la densa selva chilota.

Al segundo día, el anfitrión nos informó de dos opciones de excursión. Una, un sendero muchas veces recorrido que casi no requería esfuerzo y concluía con un refrigerio de medio día. La otra, una ruta no probada, para excursionistas “sobre el promedio”, que exigía varias horas de caminata hasta llegar a una playa. Era cosa de escoger.

Una gran mayoría prefirió la opción más exigente. Pues bien, después de tres horas de travesía, por una huella que a veces se perdía entre árboles, lianas y matorrales, los excursionistas, como en la novela “Diez Negritos”, comenzaron a caer uno a uno, si bien, a diferencia de la novela, afortunadamente no fallecieron. Ello devino en una suerte de motín liderado por el abogado, en oposición a la ecologista que avanzaba sin transar. El grupo se dividió. La mayoría optó por regresar mientras que unos pocos preferimos continuar. Nos tomó dos horas más llegar a la playa prometida. Sin embargo, camino de regreso, oh sorpresa, nos encontramos con los otros casi en el mismo punto donde los habíamos dejado: habían perdido la huella y dado vueltas en círculos por espacio de cuatro horas; desfallecían, reclamaban contra el guía y había algo de descontrol colectivo.

La anécdota confirma un dato ampliamente documentado por la psicología: los humanos tendemos a sobrestimarnos. En el “episodio Tantauco”, una mayoría de personas, en otros aspectos muy preparadas, se autocalificó, equivocadamente, como “excursionista sobre el promedio”. Asimismo, el 70% de los millones de estudiantes de Estados Unidos que dan el SAT cada año se cree superior a la mediana (Alicke y Govorun); igualmente, la gran mayoría de automovilistas se autocalifica como “conductor mejor que la media”, lo que incluye a aquellos hospitalizados por accidentes automovilísticos (Preston y Harris). También nos sobrestimamos en cuanto a la moral. Sedikides y otros psicólogos entrevistaron a un grupo de voluntarios quienes se autocalificaron como más honestos y confiables que el promedio. Ello no tendría nada de novedoso si no fuera porque se trataba de un grupo de presidiarios.

La creencia de que se es superior al promedio conduce a la sobre confianza. De ahí a embarcarse en una aventura de alto riesgo hay un paso.

El 26 de octubre, como en el “episodio Tantauco”, habrán dos opciones: “la ruta conocida”, que corresponde al rechazo, y la “no probada”, que corresponde al apruebo. Si gana la segunda, se tratará de una larga travesía donde los excursionistas serán los políticos, mientras que intelectuales y especialistas abrigan la ilusión de hacer de guías.

Muchos de los políticos, como predeciría la psicología, parecen creerse más hábiles que sus pares; no se explica de otro modo que coexistan históricos tribunos de derecha junto con otros de izquierda radical que apoyan “el apruebo” y derrochan igual optimismo respecto del resultado del proceso: alguien se está equivocando. Por su parte, intelectuales y especialistas hacen cierta gala de certeza en cuanto a las etapas del mismo. Sin embargo, cada uno desde su prisma proyecta mecanismos de decisión muy distintos: mientras unos prevén etapas decisorias independientes – “por capítulos” -, otros imaginan procesos circulares, lo que no hace sino confirmar que estamos ante terreno no mapeado. Las confianzas de unos y certezas de otros contrastan con circunstancias objetivamente complejas, propias de procesos sociales en que suele perderse el control: ausencia de claridad, profundas divisiones y agudas dificultades económicas.

Se agregan a ello las redes sociales. Éstas, como resultado de sus propios “modelos de negocio”, alientan el tribalismo, acrecentando la polarización; sirva el debate Trump-Biden como botón de muestra. De poco valen “experiencias comparadas” de países que cambiaron su Constitución antes del Facebook y el Twitter: lo nuestro será otra cosa.

Los mercados ya perciben el riesgo, con una moneda devaluada como no se veía hace más de una década, a pesar de un precio del cobre en torno a 3 dólares la libra.

Paralelo histórico, en el “episodio Tantauco”, el anfitrión de entonces, hoy Presidente de la República, no optó por una ni otra ruta: prefirió sobrevolar en helicóptero. Paralelo literario, como en la novela “Diez Negritos”, algunos entusiastas del proceso constituyente, principalmente en la “derecha liberal”, si bien no han fallecido, ya exhiben signos de desfallecimiento: vienen cambiando de opinión uno a uno. Finalmente, por si interesa, el título original en inglés de la novela es: “Y no quedó ninguno”.