Cuando compramos nuestra casa con mi mujer, hace ya más de veinte años atrás, la tasa de interés del crédito hipotecario rondaba el 7,5% anual en UF y fue toda una odisea juntar lo necesario para “el pié”. Hoy en cambio, las parejas jóvenes acceden a créditos hipotecarios a tasas que rondan el 2,5%, y, no pocas veces, “dibujan” el pié con créditos colaterales, también de bajo costo. Pero las viviendas cuestan ahora el doble o más de lo que entonces costaban… ¿Están mejor los jóvenes hoy, que nosotros ayer?

Las tasas de interés cada vez más bajas constituyen un fenómeno de características globales, de ya larga data. Hace 20 años, cuando el Tesoro Americano emitía bonos a 10 años para solventar sus gastos, debía pagar una tasa en dólares cercana al 6%. Hoy, esa misma tasa no llega al 2%; corregida por inflación, resulta de hecho en una tasa real negativa. Lo mismo pasa con los bonos que emite la Tesorería General de la República, que hoy por hoy exhiben tasas negativas en UF para los primeros diez años de la curva de rendimientos, siendo sólo muy marginalmente superiores a cero de ahí en adelante.

Contrariamente a una creencia común en el mercado, las bajas tasas de interés que hoy se observan en el mundo no son el resultado de la “expansión monetaria cuantitativa” que tuvo lugar después de la crisis sub prime. Cierto, la expansión cuantitativa multiplicó por varias veces el “dinero de alto poder”, la base monetaria, pero la contracción en la velocidad de circulación del dinero, que aún nos acompaña, impidió un incremento significativo en los agregados monetarios. Si bien a ratos surge el pánico que eventualmente el dinero de “alto poder” le haga honor a su nombre y se convierta en dinero de veras, forzando a la Reserva Federal a una política contractiva que eleve violentamente las tasas, hemos aprendido que el susto normalmente dura poco.

Así las cosas, las bajas tasas de interés hayan sus causas en factores reales más que monetarios. Altas tasas de ahorro en países como China y otros asiáticos emergentes, combinadas con niveles de inversión ralentizados a nivel global, resultan en un mercado global de ahorro-inversión sobre ofertado. Por lo mismo, las bajas tasas de interés parecen haber llegado para quedarse, al menos en el futuro previsible. ¿Oportunidad o problema?

Hay algo de ambos. El bajo costo del crédito abre una oportunidad inmejorable para un agresivo plan de inversiones en infraestructura pública, después que los burócratas se pongan al día y rebajen “la tasa de descuento social”, que, inmune al paso del tiempo, permanece pegada en 6%… Por otro lado, con estas tasas, no habrá reforma que pueda compensar el menor retorno de los fondos previsionales, por mucha magia que se pretenda hacer con las jubilaciones.

Pero volvamos al ejemplo de las casas. De acuerdo a los índices de la Cámara Chilena de la Construcción, el precio de las viviendas en el Gran Santiago ha subido un 100% por sobre la inflación en los últimos quince años. ¿Por qué? La respuesta fácil es que el precio de la vivienda ha subido, precisamente, porque las tasas de interés están bajas. Las bajas tasas alimentarían la demanda por créditos hipotecarios, y muchos créditos persiguiendo pocas viviendas, así sigue el argumento, elevarían el precio de éstas. Pero esa línea argumental supone que la oferta de viviendas no aumenta al ritmo de la demanda, lo que no tiene nada que ver con las bajas tasas de interés. Tampoco con el costo de los insumos, que, si algo, son quizá más bajos hoy que ayer. El crecimiento de oferta de viviendas es lento porque las regulaciones han aumentado, elevando “el costo ciudad” y restringiendo más allá de lo razonable el uso del suelo potencial, entre otros factores. Así las cosas, los jóvenes de hoy tienen acceso a tasas cada vez más bajas, pero sólo para comprar viviendas cada vez más caras…De paso, ocurre una transferencia de riqueza a los actuales propietarios, en desmedro de los que aún no lo son.

Y eso se aplica también a la inversión en general. Tasas bajas de interés deberían elevar el atractivo de realizar nuevos proyectos. Pero si los proyectos enfrentan crecientes regulaciones, como de hecho es el caso, el único resultado será un aumento de valor de los activos que ya existen, esto es, una transferencia regresiva de riqueza a los actuales propietarios de los activos, sin efectos significativos sobre la inversión o el crecimiento.

Si queremos que las bajas tasas de interés sean una gran oportunidad y no un gran problema, lo que toca es impulsar un agresivo plan de infraestructura y reducir, también agresivamente, la pesada carga de regulaciones que hoy limita el desarrollo del sector privado. Ambos objetivos requieren una mirada política de largo plazo, ajena a las pequeñeces del día a día. Lamentablemente, basta una mirada casual al ambiente político imperante para concluir que el viento sopla en otra dirección. Todo un problema, en vez de una gran oportunidad.