En el clásico cuento navideño de Hans Christian Andersen, “La Pequeña Vendedora de Fósforos”, la protagonista muere de frío en la acera. El asunto transcurre en Navidad, pero el contexto es marcadamente material: la pobreza guía el curso de los hechos. Dickens, contemporáneo de Andersen, escribió otro clásico, “Un Cuento de Navidad”, donde el contexto también es acentuadamente material, al punto que James Henderson, historiador económico, ha visto en esta narración un ataque a la doctrina de Malthus. El trasfondo material de la literatura navideña perduraría al menos una generación más, como lo ilustra “El Regalo de los Reyes Magos” de O. Henry, donde la protagonista vende su cabello para hacerle un regalo de navidad al marido.

Hoy por hoy, el trasfondo material del cuento navideño ha desaparecido casi por completo. La típica película navideña trata, en cambio, de una transformación personal: normalmente los protagonistas, algo faltos de amor, lo redescubren en Nochebuena; nadie muere en la acera ni vende el cabello. Cuando el contexto era material, la transformación personal estaba ausente: los protagonistas de Andersen y O. Henry son buenos de principio a fin. Dickens, algo más pionero, sí transforma al protagonista en Nochebuena, lo que quizá explique por qué se siguen haciendo remakes en el cine de este relato; es más actual. Pero aún así, dicha transformación tiene un dejo utilitarista, pariente del cálculo costo-beneficio, porque emerge como consecuencia del temor al negro futuro que le auguran los fantasmas de Nochebuena a Ebenezer Scrooge, el protagonista.

Se puede plantear una hipótesis económica. Superadas las necesidades básicas, que apremiaban a una gran mayoría en los tiempos de Dickens, Andersen y O. Henry, los nuevos personajes ficticios – que exigen alguna identificación con el lector real – ya no tienen carencias materiales sino afectivas, espirituales si se quiere.

Aquí se da una suerte de paradoja. Es el progreso económico, que remueve las necesidades materiales más apremiantes, el que trae de regreso la inquietud puramente espiritual, pero la misma se nos representa como carencia, en contrapunto con la abundancia material. El tema es propio de la modernidad; concierne en último término a la pregunta: ¿Qué hacer con el excedente que nos prodiga el progreso económico? ¿Cómo emplearlo para ser más felices?

Podría pensarse que la pregunta escapa a la disciplina económica, pero el caso es que ésta sí tiene antecedentes que aportar. Partamos señalando que el excedente concierne tanto a lo monetario como al creciente tiempo libre, como lo ha destacado Robert Fogel, Premio Nobel de Economía. La pregunta, lo ha sugerido el propio Fogel, no es más que la versión moderna de la antigua pregunta de Sócrates, ¿Qué es la buena vida?, relevante en su época sólo para una reducida aristocracia. Por la métrica del excedente, sin embargo, hoy una gran mayoría de la población de países desarrollados bien podría compararse con la aristocracia de otros tiempos: tiene necesidades básicas resueltas y una dosis no menor de tiempo libre.

La pregunta es también pertinente para un segmento relevante de Chile – sin perjuicio de lo que aún falta por recorrer en lo estrictamente material – si se tiene en cuenta que un 60% de los hogares tiene casa propia y la pregunta sobre tenencia de diversos artefactos eléctricos del hogar se eliminó en las últimas Encuestas Casen, presumiblemente porque se venía contestando en la afirmativa casi universalmente.

¿Qué hacer con el excedente entonces? Pues bien, en un extremo, el excedente monetario puede destinarse a la carrera del consumo conspicuo y el mayor tiempo libre a algún tipo de adicción. Alternativamente, el monetario puede destinarse a la adquisición de experiencias gratificantes a largo plazo y el tiempo libre dedicarse a las artes, al deporte o al cultivo de la amistad y la vida familiar, por nombrar algunas. Sócrates y la neurociencia actual coincidirían en que lo segundo es más conducente a la “buena vida” que lo primero. Ello, sin embargo, no está abierto a todos, porque precisa, en palabras del ya citado Fogel,  “activos espirituales”: alguien nos tiene que haber mostrado – más que enseñado – cómo sortear la carrera del consumo conspicuo, accediendo a algunos disfrutes otrora propios de clases privilegiadas. Desde luego, también hay activos espirituales menos aristocráticos pero absolutamente esenciales para una vida provechosa, como la ética del trabajo, esta última algo emparentada con las “habilidades blandas” de que hablara James Heckman, otro Premio Nobel.

A diferencia de la desigualdad material, la brecha espiritual, entre la buena vida de unos y la mala de otros, no puede ser resuelta a punta de programas gubernamentales o de sermones teñidos de moralina, porque los activos espirituales, patrimonio de cada cual, se nutren principalmente en la familia y la comunidad cercana, y sólo muy limitadamente al amparo de declaraciones o programas de gobierno. En este sentido, el espectáculo del que hemos sido testigos en el último tiempo, centros comerciales congestionados pero universidades cerradas, ahorros previsionales que disminuyen pero ventas de autos que aumentan, al tiempo que varios miles destinan su excedente de tiempo libre – que parece inagotable – en sumir al centro de Santiago en una desoladora decadencia, sugiere que es la carencia de activos espirituales, más que los materiales, lo que fundamentalmente aqueja hoy a Chile.