“Si bien las criptomonedas no alcanzan aún la categoría de dinero propiamente tal, sí anuncian una revolución”.

Hace tres semanas se cumplió medio siglo desde que Richard Nixon precipitara una revolución monetaria de proporciones.

A las 21.00 hrs. del domingo 15 de agosto de 1971 aparecía Nixon en la televisión, interrumpiendo de paso la popular serie “Bonanza” de NBC, para anunciar que el dólar, “temporalmente”, dejaba de ser “convertible en oro” (35 dólares por onza). Repudiaba con ello una obligación de Estados Unidos para con el sistema financiero internacional, que databa de 1944. Sencillamente, no había suficiente oro para respaldar el dólar.

Lo que Nixon presentó como “temporal” resultó definitivo. El dólar y las demás monedas devinieron “fiduciarias”: se seguirían usando no porque tuvieran “respaldo” en oro, sino porque todos las aceptaban. Aunque el anuncio de Nixon precipitó una revolución monetaria, no fue él el revolucionario, más bien reaccionó ante las fuerzas del mercado y por ello, su discurso traía un saborcillo a rendición: “En semanas recientes, los especuladores han estado librando una guerra sin cuartel contra el dólar americano…”.

¿Quiénes eran esos “especuladores”? La banca privada del mercado de capitales internacional, que advirtió las crecientes inconsistencias del sistema que determinaba el precio de las monedas contra el dólar, administrado entonces por un establishment conformado por el FMI, bancos centrales y gobiernos de países industrializados. La revolución devino últimamente en un traspaso de poder desde aquel establishment a los “especuladores”, los genuinos revolucionarios del momento. Sería en definitiva la interacción independiente y descentralizada de los bancos privados y otros agentes, participando en el libre flujo de capitales internacionales, la que determinaría en adelante el precio de una moneda en términos de otra, tal y como ocurre hasta hoy en día. Como agudamente ha apuntado Niall Ferguson, los “revolucionarios de ayer” —los bancos privados— conforman el establishment de hoy.

Pues bien. Por estos días se advierten síntomas de una nueva revolución monetaria que, como buena revolución, ahora amenaza al establishment actual.

Se trata de las criptomonedas. De estas se habla mucho, pero se sabe poco, excepto que, mayoritariamente, operan al margen de toda regulación, al tiempo que han subido enormemente de valor. Su capitalización de mercado alcanza hoy unos dos billones de dólares, equivalente a un 5% de la capitalización del S&P500, índice que agrupa las 500 empresas abiertas más valiosas y líquidas de los Estados Unidos.

Si bien las criptomonedas no alcanzan aún la categoría de dinero propiamente tal —ver José de Gregorio, FEN SDT 521—, sí anuncian una revolución.

Vamos viendo. Bajo la forma tradicional en que opera hoy el dinero, en toda transacción interviene un banco privado. Usted paga el café de la esquina con una tarjeta de pago, pero antes de recibir su café, el vendedor verifica en el dispositivo electrónico correspondiente, con el banco emisor de la tarjeta, que la suya tenga saldo. Ahí caen unas monedillas para el banco.

La criptomoneda saca al banco del medio, permitiendo que los “saldos” sean observables por cualquiera. Contrariamente a la creencia popular, en una plataforma de criptomonedas cualquiera puede ver todos los saldos, en forma no encriptada. De este modo, la criptomoneda sustituye la fe en la banca privada, como garante de saldos, por la observación directa por parte del colectivo: de ahí su amenaza al establishment. A eso se le llama sistema “descentralizado” de transacciones electrónicas. Condimenta la coreografía revolucionaria el que su inventor, Satoshi Nakamoto, sea un personaje ficticio, que circuló su paper en la red la noche de Halloween de 2008, cuando el establishment sufría las peores convulsiones de la crisis subprime —Lehman Brothers había quebrado solo 45 días antes.

Si los saldos son observables, ¿dónde entra la encriptación entonces? Vía el algoritmo SHA-256, creado por la National Security Agency de Estados Unidos en 2001, del que Nakamoto hace uso. Bajo SHA-256, cualquier texto puede escribirse en solo 32 caracteres alfanuméricos (letras y números) y a dicha resultante se le llama hash. En un hash cabe la Biblia completa y también el Diccionario de la RAE. El asunto evoca a la biblioteca de Babel, de Borges, esa biblioteca infinita en la que estarían todos los libros posibles: en los 32 caracteres del hash caben todos los textos imaginables.

Y bueno, literatura aparte, todos los saldos del planeta en una criptomoneda, su “cartola mundial”, también cabe en un hash. El sistema es a prueba de hackers, porque SHA-256 permite ir de los saldos en forma de texto a su hash, pero no al revés. El texto de saldos permite que sean observables por todos; su hash correspondiente impide el fraude. Obviando detalles, Nakamoto concibió un sistema que posteriormente recibiría el nombre de blockchain, para llevar debida cuenta de cómo se va modificando la “cartola mundial”, conforme se validan nuevas transferencias. La validación es resultado de un esfuerzo descentralizado de “nodos” distribuidos por el planeta, con incentivos para ello. No se precisa un banco.

Japón y China ya tienen proyectos piloto de monedas digitales emitidas por los bancos centrales, por lo que las transferencias podrían hacerse confirmando directamente los saldos en una plataforma del Banco Central, sin mediar bancos privados.

La compañía Starlink está creando una constelación de satélites que brindará servicio de banda ancha a bajo costo, con cobertura mundial. Ello, en combinación con criptomonedas que aumenten su velocidad de procesamiento, permitiría realizar transferencias desde cualquier lugar del planeta, con costos de transacción mucho menores que los tradicionales.

Ethereum ha combinado blockchain con lenguaje computacional, lo que permite escribir cualquier contrato bajo un algoritmo descentralizado. Eso lleva la revolución mucho más allá del dinero, porque podrían eliminarse notarios, intermediarios, custodios de valores, etc.

Así las cosas, el establishment tendrá que reinventarse. Es el signo de los tiempos.