«El ‘tercio’, como umbral garante de estabilidad, es una mera ficción. Lo que Chile necesita son más de dos tercios de constituyentes moderados. Si usted añora el regreso de la moderación, abríguese bien, póngase mascarilla y vaya votar, porque los más radicales ya lo hicieron. Chile lo estará esperando. Y este vocal de mesa también”.

Hoy es día de elecciones.Mientras usted lee esta columna, yo estaré de vocal de mesa. Ya he perdido la cuenta de las veces que me ha tocado ser vocal. Sin embargo, como bien se sabe, las chances extremas sí existen.

Y hablando de chances extremas, hoy vivimos una de aquellas. De modo progresivo, el Congreso ha abrazado sin pudor la demagogia más absoluta. Ha tomado iniciativas en materia de seguridad social que se suponía eran prerrogativas del Ejecutivo, con consecuencias de enorme gravedad para el futuro de las pensiones. Ha aprobado también “el retiro” de rentas vitalicias, contraviniendo garantías constitucionales al derecho de propiedad. Comienza a hablarse también de indultos a vándalos, legitimación última de la matonería.

Mientras, el Estado de Derecho se deteriora por día, en las usurpaciones de terrenos, la violencia del narcotráfico y los atentados terroristas en la Araucanía, por nombrar los síntomas más notorios.

“En la democracia, las revoluciones nacen principalmente del carácter turbulento de los demagogos”, nos advierte Aristóteles. En Chile, bien sabemos cómo la demagogia puede terminar en tragedia.

Se recordará la elección parlamentaria de 1973 —la última de nuestra antigua democracia—. Entonces, las partes en contienda hicieron “del tercio” que podía o no obtener el gobierno, el punto focal de la misma. El gobierno obtuvo más de un tercio, pero eso no detuvo un proceso social con dinámica propia, que terminó como todos sabemos.

Hoy, casi medio siglo después, con los papeles del drama invertidos, se ha puesto nuevamente el punto focal en “el tercio”, esta vez en el que podría obtener la derecha en la Convención, para contener el asalto mayoritario. El guion transcurre igual que entonces: un agudo conflicto entre Ejecutivo y Legislativo; la demagogia ubicua; el deterioro del Estado de Derecho; el desprestigio de la política; y las elecciones, entonces calificadas como unas donde “se jugaba el destino de Chile”, y que hoy se califican como “decisivas para los próximos cuarenta años”.

Cabe citar aquí a George Santayana: “Aquellos que no pueden recordar el pasado, están condenados a repetirlo”. Nuestra historia nos enseña que cuando los procesos sociales adquieren la dinámica que hoy vemos, un tercio atrincherado, así se haya obtenido en un proceso electoral, resulta del todo insuficiente para recuperar la armonía social. Lo que realmente se necesita es una maciza mayoría moderada. De eso trata, en definitiva, la elección de hoy, si hemos de torcerle la mano al guion del 73.

Recuperar la moderación, el respeto al orden jurídico, en fin, nuestro acervo cívico, no está fácil. Muchos factores atentan contra ello, incluyendo, desde luego, el distanciamiento ciudadano con la política tradicional, que abre un amplio espacio de incertidumbre en los resultados.

De todos los factores adversos, sin embargo, el principal ha de encontrarse en la retórica de la izquierda radicalizada. Esta, conocedora del inconsciente colectivo, ha venido a conjurar fantasmas. “Cuando vayáis a dormir, no dejéis leche ni pan sobre la mesa; ellos atraen a los muertos”, nos recuerda Rilke. No sé si Jadue haya leído a Rilke —tengo mis dudas—, pero cuando se ha declarado depositario del legado de Allende, más allá de emplear licencias propias de la poesía, ha tocado fibras profundas, y él lo sabe.

Al votante tradicional de la centroizquierda, dicha retórica busca estremecerle con el Pathos de la traición. La táctica no es azarosa, porque el tema de la traición está enraizado en la izquierda: abunda en el Canto General de Neruda —que concibe toda la historia de Chile como una gran traición—, y está también en las palabras iniciales del último discurso de Allende —no poca cosa—. A sabiendas de aquello, la izquierda radical ha acusado a la moderada de haber sido administradora del modelo “neoliberal” de Pinochet, toda una traición; ha adjetivado también a aquella oposición que se resiste a pactar con ella, como “neoliberal”, o sea, traicionera.

Ello hace dudar a dicho votante de sus antiguas convicciones; el Pathos comienza a dominar al Logos, la emoción a la razón, al real contenido del mensaje, que por lo demás nunca supera los 280 caracteres del tuit. A su turno, ello inclina a la otrora izquierda moderada a dejar de serlo, como ya empieza a ser evidente.

Al votante tradicional de centroderecha, la misma retórica no puede sino activar el miedo, lo que también lo hace proclive a inclinarse por candidatos más extremos, aunque al otro lado del espectro. Sumados ambos efectos, por ese camino, el destino “de los próximos cuarenta años” de Chile bien podría terminar jugándose en la calle en vez de en la Convención, deviniendo la presente elección en irrelevante, al igual como ocurrió, a fin de cuentas, con las parlamentarias del 73.

El “tercio”, como umbral garante de estabilidad, es una mera ficción. Lo que Chile necesita son más de dos tercios de constituyentes moderados.

Si usted añora el regreso de la moderación, abríguese bien, póngase mascarilla y vaya votar, porque los más radicales ya lo hicieron. Chile lo estará esperando. Y este vocal de mesa también.