«Probablemente se conformará un triunvirato: PC + FA + LP. Después de todo, comparten ideas radicales, valoran el conflicto y Jadue busca votos (…) El triunvirato anuncia tiempos no normales, porque la vieja dialéctica mutará a una tensión de otro calibre: reforma versus radicalidad; Estado de Derecho versus violencia”.

La cita es de Paul Valéry. Sintetiza las consecuencias de las elecciones del pasado mayo.

Vamos viendo. 77 constituyentes impulsan cambios radicales (Ciper). 27 de ellos pertenecen a la Lista del Pueblo (LP), que en tanto proveniente de la “primera línea”, cabe suponer que admite la violencia como medio de acción política. Finalmente, agregando coreografía revolucionaria, 33 constituyentes, en declaración conjunta, desconocen las obligaciones derivadas de su investidura.

Los resultados replican la confrontación del 18-O, pero sumando reajustes, intereses y dividendos a beneficio de los protagonistas principales de la revuelta, ahora ganadores indiscutidos de las elecciones. El triunfo les ha confirmado el valor que le dieron al conflicto como instrumento de cambio. Si el conflicto los llevó donde están, difícilmente renunciarán al mismo en lo sucesivo. En tal sentido, la “coreografía revolucionaria” no es mero accidente y los eventos podrían seguir jugándose en clave 18-O: “soberanía popular”, en oposición a democracia representativa.

El 18-O fue una rebelión. Sin embargo, como dijo Richard Pipes, “las rebeliones suceden, pero las revoluciones se hacen”. El 18-O sucedió; lo que ocurrió después, se hizo. Y lo por venir, se hará.

Si hemos de conjeturar lo por venir, precisamos referentes de comparación. No tiene caso buscarlos en otros procesos que ocurren hoy en países desarrollados —como el Movimiento de los chalecos amarillos—, porque subyace a ellos un prolongado estancamiento de la clase media, que no se condice con el caso de Chile. Asimismo, mientras en dichos países el comunismo reviste hoy un interés más bien arqueológico, aquí su candidato presidencial lidera las encuestas.

La comparación debería buscarse no en disturbios que hoy aquejan a veces a países desarrollados, sino en los que enfrentaron cuando transitaban por niveles similares al nuestro. En tal sentido, resulta especialmente iluminador comparar nuestro 18-O con el mayo francés del 68.

En efecto, ambos fenómenos, partiendo de modos muy similares, tuvieron finales absolutamente distintos. Sus diferencias revelan claves para entender nuestra coyuntura.

Los contextos en que ocurren ambos episodios exhiben marcadas semejanzas. Ambos países venían de un período de crecimiento económico tan largo como excepcional; el estudiantado universitario se había multiplicado, incubando una “intelligentsia”: élite juvenil educada, politizada y proclive a la acción revolucionaria. En Francia la juventud no había vivido la guerra ni la Gran Depresión; en Chile no había vivido el golpe ni la crisis de 1982. De acuerdo a Raymond Aron, la “generación rebelde” había tenido la educación menos estricta que todas las precedentes; sospecho que lo mismo podría aplicarse a Chile. Finalmente, y siguiendo ahora a Tony Judt, en Francia subyacía un resentimiento contra la élite, lo que también, se ha dicho, sería nuestro caso.

Ambas revueltas comparten la ilegalidad provocadora, el enfrentamiento y la oposición extraparlamentaria. A ello se agrega el oportunismo de políticos que vieron la posibilidad de derribar al gobierno, lo que incluyó a Mitterrand en el caso francés.

Sin embargo, destacan cuatro diferencias.

Primero, la violencia en Chile no tuvo comparación con la francesa. En París a nadie se le pasó por la mente quemar el metro. Por otro lado, mientras en Chile hubo más de 30 fatalidades que lamentar, en Francia no murió nadie.

Segundo, mientras en Francia los protagonistas de la rebelión fueron básicamente dos, los estudiantes (la “intelligentsia”) y el Partido Comunista, en Chile apareció un tercero: la “primera línea”, principal agente de la violencia.

Tercero, mientras el Partido Comunista francés se distanció de la anarquía, y con ello de la joven “intelligentsia”, acá su homónimo se sumó a aquella, acercándose al Frente Amplio (FA), la “intelligentsia” chilena por antonomasia.

Cuarto y final, en Francia el gobierno “la hizo corta”. Obviando detalles, al cabo de 60 días de iniciada la revuelta, los trabajadores en huelga —casi 10 millones— volvieron a sus ocupaciones y los estudiantes se fueron de vacaciones. Fin de la serie. No hubo segunda temporada. Y bueno, en Francia gobernaba De Gaulle.

Las diferencias son reveladoras. En Francia el proceso concluyó; acá, como se ha visto, en más de un sentido, continúa. En Chile cristalizó una alianza FA + PC, que no tuvo símil en Francia. Finalmente, el “tercer actor” —que en Francia no existía— ha regresado, ahora como fuerza política, la LP, asunto no menor, atendido su currículo. Probablemente se conformará un triunvirato: PC + FA + LP. Después de todo, comparten ideas radicales, valoran el conflicto y Jadue busca votos.

¿Y qué ocurrirá fuera del triunvirato? Pues bien, en tiempos normales, en las democracias modernas, la dialéctica transcurre entre la libertad entendida como capacidad de elegir —centroizquierda, derechos sociales—, y la libertad entendida como derecho a elegir —centroderecha. Si a la par tiene lugar el progreso económico, según Raymond Aron, florecen ambas libertades, convergiendo a lo que llamó la síntesis democrático-liberal. En ello han estado nuestras corrientes políticas tradicionales en los últimos 30 años.

Sin embargo, el triunvirato anuncia tiempos no normales, porque la vieja dialéctica mutará a una tensión de otro calibre: reforma versus radicalidad; Estado de Derecho versus violencia.

Vistas las circunstancias, los defensores de la síntesis democrático–liberal” bien podrían explorar un nuevo referente político, mucho más amplio que los que han conformado gobierno en los últimos 30 años. Se dirá que ello nunca ha pasado. Replicamos que el futuro tampoco es lo que era.