«No puede descartarse sin más la emergencia de una inflación elevada ya entrado el 2022, lo que obligaría a la Fed a implementar una política monetaria tan restrictiva como sorpresiva. Podríamos ver entonces un ‘Flashback’ de 1980, con un alza de intereses que ocasionaría una marcada contracción económica en Estados Unidos, amén de ramificaciones internacionales”.

 

A mediodía del 18 de junio de 1815, el general francés Grouchy, al mando de 30.000 hombres, escucha a lo lejos un cañoneo. Sus subordinados le ruegan que se dirija hacia donde proviene el estruendo, porque Napoleón debe haber entrado en batalla. Pero Grouchy duda. La duda lo paraliza y Napoleón sufre la épica derrota de Waterloo. No supo reconocer el momento.

El 15 de septiembre de 2008, Bernanke, al mando de la Reserva Federal, enfrenta la quiebra de Lehman Brothers. Los mercados se paralizan y el crédito cesa abruptamente. La cosa se asemeja peligrosamente al año 1929. Entonces Bernanke se sale de guion y lo prueba todo, incluyendo políticas monetarias consideradas, a la sazón, heterodoxas. No salva a Estados Unidos de una gran recesión, pero sí sortea una gran depresión. Calificaciones aparte, Bernanke se lleva la gloria de un milagro económico. Supo leer el momento.

Las encrucijadas de Grouchy y Bernanke, aunque muy distintas en contexto, corresponden ambas a lo que Stefan Zweig llamara “Momentos estelares de la humanidad”: instantes “preñados de fatalidad”, donde la decisión de una única persona marca un “antes” y un “después” en la historia.

Desde luego, mientras los eventos se suceden, el protagonista, sobre el cual ha caído en un instante el curso de la historia, no sabe a ciencia cierta qué momento está viviendo. Debe jugar sus cartas bajo incertidumbre.

El Presidente Biden se enfrenta a uno de tales momentos. Tiene bajo su responsabilidad la recuperación económica pospandemia de Estados Unidos, que en 2020 vio descender su producto en 3,5%, la mayor caída anual desde 1931. La política monetaria ya ha repetido, en versión aumentada, el guion de Bernanke, y es el turno de la fiscal. La responsabilidad es solo de Biden, ya que tiene el as que dirime a un Congreso empatado, el voto de su vicepresidenta. Se ha cruzado con la historia.

Biden está resuelto a impulsar una expansión fiscal de enorme magnitud, solo comparable a la de tiempos de guerra. En efecto, los dos paquetes fiscales recientemente aprobados suman 14 puntos del PIB y el déficit proyectado es del orden de 10 puntos, el segundo más grande desde 1945, descontado el de 2020. Biden ha cifrado en esta audaz política keynesiana no solo sus expectativas de una recuperación económica vigorosa, sino también sus esperanzas de modificar radicalmente el cuadro político y social de los años venideros.

Está fuera de discusión que, con tamaña expansión fiscal, la economía norteamericana batirá en 2021 todo un récord, contribuyendo a un boom mundial que será memorable. 2021 ya partió bien porque todas las expansiones keynesianas tienen un comienzo algo festivo, especialmente si se administran en dosis elevadas; la generación de chilenos que ya ha sido vacunada dos veces tendrá memoria de aquello. La incerteza, sin embargo, concierne a 2022. ¿Incuba esta expansión fiscal, precisamente por su magnitud, riesgo de descarrilamiento posterior?

Los optimistas, Biden incluido por cierto, estiman que la capacidad productiva ociosa y el elevado desempleo permitirán que la expansión fiscal reactive la economía sin sobrecalentarla. El momento, en palabras del gerente de JP Morgan, sería “Ricitos de Oro” (Goldilock Moment), en alusión al cuento homónimo, atendiendo los efectos solo moderados —así se espera—, que ocurrirían en tasas de interés e inflación.

Entre tanto optimismo, parece haberse olvidado que el cuento “Ricitos de Oro”, si bien en su versión actual tiene final feliz, en la original terminaba mal: a Ricitos la devoraban los osos.

Cuentos infantiles aparte, hablemos de números. La brecha entre el producto potencial de Estados Unidos y el efectivo es muy plausiblemente del orden de 3,5 puntos del PIB, y en ningún caso superior a 7 puntos, lo que contrasta con la expansión fiscal de 14 puntos. Por su parte, la “resaca de ahorro”, casi 10 puntos del PIB —lo que los agentes económicos no gastaron porque temieron o no pudieron—, hará que la presión de demanda sea aún mayor. Finalmente, agregue la política monetaria altamente expansiva y tendrá todos los ingredientes de un aumento más que “moderado” en tasas de interés e inflación.

No puede descartarse sin más, entonces, la emergencia de una inflación elevada ya entrado el 2022, lo que obligaría a la Fed a implementar una política monetaria tan restrictiva como sorpresiva (para sorpresa de la Fed misma). Podríamos ver entonces un “Flashback” de 1980, una suerte de “Momento Volcker”, con un alza de intereses que ocasionaría una marcada contracción económica en Estados Unidos, amén de ramificaciones internacionales.

Tampoco puede descartarse que el boom de 2021 alimente una burbuja en el precio de los activos, ya algo elevados, por métricas de común aceptación, conformando un “Momento Minsky”. Podríamos ver entonces, también entrado el 2022, una abrupta corrección de mercado, lo que daría lugar a una turbulencia financiera.

¿Será el “Momento Ricitos de Oro” una mera fase precursora de un “Momento Volcker” o un “Momento Minsky”? ¿Tendrá Biden un “milagro económico”, como Bernanke, o “un Waterloo”, como Grouchy?

La historia, “ese misterioso taller de Dios”, como la nombrará Goethe, tendrá la última palabra.