«El reparto podrá ofrecer ‘magia’: aumento de pensiones actuales y futuras, sin elevar mayormente los impuestos ni las cotizaciones. Bien se podría pasar de discutir cuánto del aumento de cotización irá a reparto, a cuánto de lo que actualmente se cotiza irá a ello. De ahí a nacionalizar los fondos previsionales —iniciativa ya suscrita por la flamante presidenta del Senado— restará solo un paso”.

Treinta años atrás, Nicanor Parra, agradeciendo el Premio Juan Rulfo, señalaba que un discurso digno de mención era “el que se borra a sí mismo”: Mímica por un lado / Voz y palabra por otro. Tratándose del debate de pensiones, don Nicanor ha resultado profeta: el discurso previsional se borra a sí mismo.

En efecto, mientras los políticos engolan voz y palabra proponiendo mejorar las pensiones, celebran por otro lado en el hemiciclo, con bastante mímica por lo demás, cada retiro de los fondos previsionales, lo que causa exactamente lo contrario.

Los parlamentarios insisten ahora con un tercer retiro, con el mismo argumento que los anteriores —mitigar la caída de ingresos—, ignorando por completo el análisis del Banco Central, contenido en el IPoM de diciembre 2020. ¿Será que se les pasó el Recuadro III.1 de dicho reporte?

“A otro Parra con ese hueso”, dijo una vez el poeta. Lo que está en juego es otra cosa: la arquitectura del sistema previsional.

Partamos por lo básico. Las personas pueden financiar sus pensiones solo de dos formas: con ahorro propio o con el ajeno. Este último se adjetiva “solidario”, en argot político chileno. Acrobacia lingüística aparte, el quid del asunto es quién carga con el ahorro. El verdadero problema de la economía / es quién lava los platos.

El financiamiento con ahorro propio, la “capitalización individual”, toma años de esfuerzo personal. Ahí cada cual lava su plato. Por otro lado, cuando el esfuerzo es ajeno, hay dos variantes: “subsidios” o “reparto”. Con subsidios, les toca lavar los platos a todos los contribuyentes (impuestos); con reparto, a otros cotizantes (impuesto al trabajo). No hay más: capitalización individual, subsidios o reparto.

Nuestro sistema previsional combina capitalización individual con subsidios. Estos últimos fueron bien evaluados por la Comisión Bravo. Las AFP, por su parte, que administran los ahorros, tienen mala prensa.

Las propuestas previsionales, amén de aumentar grandemente los subsidios, algo de por sí complejo, traen una “novedad”: la incorporación de reparto al sistema. El Gobierno propone 6 puntos más de cotización, la mitad de los cuales iría a reparto. La oposición, por su parte, prefiere que la totalidad vaya a dicha modalidad. Empate.

Pues bien, “la novedad” tiene un sabor a déjàvu. En efecto, así como las AFP tienen hoy mala prensa, el reparto en Chile tiene mala historia. La razón fundamental, más allá de inconsistencias demográficas y desincentivos al ahorro, es que se presta a la demagogia de alto calibre.

Vamos viendo. Con reparto, las jubilaciones pueden aumentarse de modo inmediato, sin subir impuestos, destinando mayores cotizaciones de trabajadores activos a elevar las pensiones de los pasivos. Ello explica la coincidencia de Gobierno y oposición por abrirse a esta opción: resulta pragmática en la actual coyuntura fiscal. A cambio de mayores cotizaciones, al trabajador se le prometen mayores pensiones futuras. Pero eso es solo una promesa. Lo que ocurra después, muchos años después, estará por verse. Para ese entonces, los políticos que hayan prometido tal cosa estarán fallecidos o retirados, por lo que no podrá pedírseles rendición de cuenta, como sí se les puede exigir hoy a las AFP que exhiban cuánto ahorro tiene cada cual. Se suman a ello las posibilidades de mayor discriminación entre pensionados, por la propia naturaleza difusa que adquiere el sistema (cuentas “nocionales”).

Chile ya vivió el modelo de reparto y sus resultados a manos de la demagogia. La experiencia es tan frustrante como escandalosa. El informe de la Comisión Prat, de 1960, bien puede leerse como novela kafkiana —150 regímenes previsionales distintos—, o bien como prontuario, atendiendo a las groseras diferencias de tratamiento entre pensionados. A este último respecto, basta leer la séptima de las “40 Medidas” del Presidente Allende para confirmar cómo el “reparto” había devenido “repartija”.

En tal sistema, con tantos platos de otros que lavar, los déficits se hicieron colosales, obligando a cotizaciones y aportes enormes: 49,9% de la renta imponible en el Servicio de Seguro Social y 59% en la Caja de Empleados Particulares.

Atendiendo a su historial, entonces, la pócima del reparto debería administrarse en dosis reducidas (idealmente, con “receta retenida”). Pero aquí es donde entra el discurso “que se borra a sí mismo”, porque los retiros que promueven los parlamentarios lo que anuncian es reparto a gran escala. En efecto, con cada retiro se hace más difícil mejorar las pensiones futuras vía subsidios o mayor capitalización individual, quedando entonces únicamente la opción de reparto, especialmente si se prolonga el empate Gobierno – oposición. El reparto podrá ofrecer “magia”: aumento de pensiones actuales y futuras, sin elevar mayormente los impuestos ni las cotizaciones. Bien se podría pasar de discutir cuánto del aumento de cotización irá a reparto, a cuánto de lo que actualmente se cotiza irá a ello. De ahí a nacionalizar los fondos previsionales —iniciativa ya suscrita por la flamante presidenta del Senado— restará solo un paso.

Para ese entonces, “el discurso que se borra a sí mismo” habrá develado su cometido: el botín suma más de 80% del PIB. No al tercer retiro.