«El futuro gobernante, independientemente de la poética con que venga premunido, enfrentará tres desafíos macizos si desea reencaminar a Chile por la senda del progreso: 1) la fragilidad del erario público, 2) el magro crecimiento y 3) el deterioro del Estado de Derecho”.

“Se hace campaña en verso, pero se gobierna en prosa”, dijo Mario Cuomo, quien fuera gobernador de Nueva York por espacio de 12 años. Por estos días de campañas de primarias, estamos en el verso.

En efecto, el primer capítulo de la “Franja” —el más visto—, fue decididamente lírico. Boric nos trajo motivos bucólicos: regresa a su ciudad natal —“A recorrer me dediqué esta tarde/ las solitarias calles de mi aldea…” —, y luego sube a la copa de una conífera —más fácil de trepar— para mirar el horizonte en lontananza. Jadue, por su parte, trajo motivos sociales, fundiéndose en una imagen con lo que Neruda habría llamado “el pueblo en rebeldía”.

Desbordes y Sichel, por no ser menos, trajeron motivos intimistas, exhibiendo antiguas fotografías familiares el primero y recordándonos —una vez más— su sensible autobiografía el segundo. Se diría que ambos estuvieron a un tris de citar a Víctor Domingo Silva: “Desperté llorando por mi infancia ida…”. Tratándose de Lavín, siempre futurista, optó por la poesía fantástica: superando al ancestral mito de la bilocación, apareció en tres lugares al mismo tiempo. En cuanto a Briones, que tuvo la extravagancia de entrar con una retroexcavadora a un camposanto para impedir una inminente resurrección, flirteó con la antipoesía; con algo de mejor gusto, bien podría haber citado al “Anti-Lázaro” de Parra: “Muerto, no te levantes de la tumba…”

Se dirá que no todo es lírica, porque también están los programas de gobierno, que se precian de “técnicos” y se escriben en prosa. Sin embargo, ellos no forman parte de la campaña porque los lee muy poca gente. Y tampoco es que sean muy “técnicos”, porque las magnitudes envueltas resultan propias de la poesía fantástica, sólo que escrita en jerga técnica —una suerte de “tecno poesía”—. Solo a modo de ejemplo, si se tomaran en serio las proyecciones de déficit público que prevé el jefe del equipo económico de Jadue, la deuda pública alcanzaría más del 70% del PIB al cabo de cuatro años, guarismo difícilmente sustentable atendiendo a la incertidumbre jurídico-económica en que estamos inmersos. En otro extremo, vemos programas que ofrecen esto y aquello, pero sin alzas de impuestos, lo que también conforma una suerte de tecno poesía.

El verso, en cualquiera de sus formas, va a durar hasta el traspaso de mando. Después llegará la hora de la prosa, género idóneo para bajar a la realidad.

El futuro gobernante, independientemente de la poética con que venga premunido, enfrentará tres desafíos macizos si desea reencaminar a Chile por la senda del progreso: 1) la fragilidad del erario público, 2) el magro crecimiento y 3) el deterioro del Estado de Derecho.

Bastante se ha hablado de los dos primeros. En cuanto a las finanzas públicas, Clapes UC ha estimado que en escenarios incluso optimistas, la deuda pública sobre PIB podría superar el 45% hacia 2024 (aún sin Jadue). Basta un par de modificaciones en los supuestos para que la deuda termine por desanclarse por completo. Tratándose del crecimiento, mientras entre 1986 y 2013 la economía crecía a una tasa anual del 5,5%, desde 2014 a la fecha lo habrá hecho al 1,9%, aún suponiendo un 9% para este año. Ninguna de las múltiples ofertas electorales que hemos escuchado serán sostenibles en el largo plazo si no se recupera un crecimiento vigoroso. La poética ha abundado en adjetivos para el crecimiento: “verde”, “inclusivo”, etc., como si el problema fuera el adjetivo y no el sustantivo, que se da por garantizado. Nada más lejos de la magnitud del desafío. Solo la licencia poética admite adjetivos sin sustantivos.

Por último, de lo que casi no se habla, es del deterioro del Estado de Derecho, evidenciado en una ilicitud generalizada que carcome a la sociedad. Está, desde luego, la ilicitud de marca mayor: el vandalismo en los centros urbanos, las tomas de terrenos propiciadas por el crimen organizado, la violencia armada —un atentado cada cinco días en la Araucanía—, el narcotráfico y el tránsito de drogas por Chile. Los costos económicos son de magnitud macroeconómica.

Pero está también la ilicitud “menor”: los US$ 2.000 millones anuales en cobre robado en Chile, los US$ 300 millones en contrabando de cigarrillos, los US$ 100 millones en pesca ilegal, los US$ 40 millones en madera robada, y así sucesivamente hasta llegar al que compra paltas muy baratas —sin pagar IVA y desconociendo su origen—, a un emprendedor que se “reinventó” después de perder el trabajo (y cobrar el IFE correspondiente).

La recuperación del Estado de Derecho es la madre de las batallas. Solo ella permitirá recuperar el crecimiento, aún con un grado mayor de carga tributaria; solo ella, también, facilitará un mayor grado de endeudamiento público, pero sustentable en el tiempo.

Desde luego, ante tamaños desafíos, el Presidente electo podría verse tentado a gobernar en verso en vez de en prosa. Bien podría financiar un boom de gasto, ya girando contra el buen crédito que aún tiene el país —encaminando a la bancarrota al erario público—, ya con cargas tributarias de tal nivel que ahogarán el crecimiento y profundizarán la crisis del Estado de Derecho nutriendo la ilicitud. ¿Pero después de eso qué? Bueno, “después de mí, el diluvio”, dijo alguien por ahí, más de dos siglos antes que Cuomo.