Treinta años atrás, los objetivos prioritarios de política económica eran dos: crecimiento y reducción de la pobreza. No cabían muchos más, atendiendo al ingreso per cápita de Chile en aquella época, inferior al que hoy tiene Namibia, así como al casi 40% de población que vivía bajo pobreza. La redistribución del ingreso per se no formaba parte de los objetivos.

Pero el mundo está cambiando, cantan los nuevos Iracundos. Después de tres décadas de indubitado progreso en los dos objetivos referidos, incluso con efectos moderadamente positivos en la distribución de ingreso, la desigualdad emerge ahora como un tema de alto rating.

Se habla de un “Estado de Bienestar”, que brinde mayor protección social y corrija las desigualdades. Disquisiciones semánticas aparte, pocos podrían oponerse a lo primero, particularmente en pensiones y salud. Lo segundo, en cambio, resulta más controversial: ¿Por qué considerar la corrección de desigualdades como un objetivo per se de política económica? ¿No bastaría con intentar emparejar oportunidades con mejor educación?

El caso es que no bastaría. Sinceremos: la “corrección” de las desigualdades tiene alta audiencia porque a los humanos les perturba, muy profundamente, la diferencia de status, con casi total prescindencia de si obedece a la cuna o al esfuerzo personal. El tema está emparentado con la envidia.

La teoría económica ha reconocido bastante tarde que a los individuos, tanto o más que el propio consumo, les atribula la comparación con los demás. Ello fue siempre obvio para cualquier persona que no fuese economista, en todo caso. No por nada, la envidia aparece tempranamente en el Génesis, fue categorizada como pecado capital ya en tiempos medievales, es tema recurrente de las narrativas folklóricas y Bertrand Russel la sindicó como la mayor causa de infelicidad humana. La neurociencia, por su parte, ha descubierto que el circuito cerebral de recompensa del placer – sexo, comida y bebida, por nombrar los más célebres – es el mismo que se activa cuando las personas perciben, incluso en la actividad más nimia, que lo están haciendo mejor que sus pares. La ansiedad por la comparación, simiente de la envidia, es un dato antropológico.

Si esta fuera una columna de autoayuda, este sería el momento de listar ejercicios espirituales para superar la ansiedad por la comparación, esa suerte de velo de Maya que impide el disfrute con lo que se tiene (o lo que se es). Pero como no es el caso, corresponde examinar qué le ocurre a la sociedad cuando se ve tensionada – u obsesionada – por la desigualdad. Las diferencias percibidas de ingreso, mirando hacia arriba desde luego, causan stress, muerte temprana y perturbaciones sociales (Keith Payne, 2017). Todo ello es motivo más que suficiente para prestar atención al malestar distributivo, independientemente de las inclinaciones ideológicas; toca ser pragmáticos.

Valga el énfasis: “prestar atención al tema”, más que incorporarlo como un objetivo en sí, porque en cuanto a tal, resulta bastante más difuso que reducir la pobreza o aumentar el crecimiento. El asunto no se reduce al “coeficiente de Gini”, porque el malestar proviene de percepciones subjetivas, no de índices estadísticos.

Siempre habrá un cercano más rico que uno. En una encuesta Gallup, conducida en Nueva York en 2013, la mayoría contestó que alguien “rico” era quién ganaba aproximadamente tres veces más que él. Dada la estructura estadística de la distribución de ingresos – una “Power Law” -, el hallazgo implica que la cascada de posibles comparaciones es virtualmente infinita. Por otro lado, y ya lo dijo Bertrand Russel, “Los mendigos no envidian a los millonarios pero sí a otros mendigos más exitosos”. Los individuos se comparan con quienes consideran pares y experimentan insatisfacción cuando perciben un rezago respecto de ellos (Clarke y Oswald, 1996).

En los últimos treinta años, la emergencia de una gran clase media en Chile, acompañada de una masificación de la educación superior, por no hablar de internet, amplió el universo de “pares” con quienes compararse, lo que es propio de una sociedad que se moderniza. Inevitablemente, las chances de experimentar insatisfacción se incrementaron enormemente, no obstante el aumento en el ingreso personal a que una enorme mayoría accedió producto del crecimiento. De ahí a sentir que los dados estaban cargados había un paso, sin perjuicio de que los dados nunca han rodado igual para todos, como bien se sabe. En tal sentido, quizá el malestar distributivo sea consecuencia del progreso económico y no una falencia de aquel, al contrario de lo que suele afirmarse en los matinales, algunos centros de estudio y Avda. Pedro Montt sin número.

Se suma a lo anterior, la marcada disminución del crecimiento desde 2014 a la fecha, que, junto con frustrar esperanzas, puso también freno de mano a la carrera del consumo conspicuo – instrumento de comparación por antonomasia -, un juego de suma cero bastante insano pero muy humano. Ralentizado el crecimiento y agotada la línea de crédito, emerge la preocupación por el tema distributivo. Desde luego, envuelta por un áurea que sublima su verdadera raíz, esa humana tristeza por el bien ajeno.