«Tendremos ‘sequía’ de inversiones en los próximos cuatro años. Ello pone un signo de interrogación al supuesto de crecimiento económico, puntal de los “programas’. ¿Qué dicen los candidatos?”.

Corren días de campañas y debates televisivos. Los candidatos —con excepción de Kast— se explayan sobre cómo el Estado gastará en esto y lo otro para solucionar cuanto problema existe. En el programa de Sichel, un texto de 60 páginas, la palabra “gasto” aparece casi página por medio: 25 veces. En el de Boric, 45.

¿Y de dónde pecatas meas? Bueno, para eso, dicen los candidatos, están sus “programas”. Ahí se explica cómo el porvenir concederá tanta maravilla.

Pues bien: los “programas” pertenecen al campo de la fantasía. Son constructos que imaginan un futuro que usualmente no ocurre. Otros eventos, en cambio, totalmente fuera de programa, sellan la fortuna de las administraciones presidenciales.

Si tiene alguna duda de ello, pregúntele al actual presidente si su programa contemplaba la desestabilización social y la pandemia. O a la expresidenta Bachelet si esperaba que su cuatrienio 2014-17, con un crecimiento anual de 1,7% promedio, se inscribiría, por esa métrica, como el peor de los últimos cuarenta años. Y así hacia atrás: baste recordar las secuelas del terremoto con que tuvo que habérselas “Piñera I”, la crisis financiera internacional que tuvo que enfrentar “Bachelet I”, etc.

Se confirma, reiteradamente, que lo que se suponía ocurriría, no ocurrió, y lo que terminó sellando el destino, nadie lo imaginó. A pesar de dicha regularidad empírica, continúan escribiéndose latos programas que ocupan un buen tiempo de personas generalmente sensatas. En tal sentido, están emparentados con el mito: son fantasías en las que algunos colectivos creen firmemente y les asignan enorme importancia.

Los “programas” devienen ficticios porque además de ignorar la incertidumbre —como está a ojos vista—, descansan sobre un supuesto que recibe escasa fundamentación: la tasa de crecimiento de la economía.

¿Cómo abordan la tasa de crecimiento los programas? Sencillamente “suponen” un cierto guarismo (envuelto en floritura). De ahí infieren una mayor recaudación esperada y luego, si ello es insuficiente para despertar emociones, agregan una nueva dosis de carga tributaria y/o incremento de deuda pública. Así “aparece” el dinero que permite poblar de gasto los programas. Pero el crecimiento, primer piso del constructo, es un “supuesto”. Es parte de la ficción, que en esta elección adquiere rasgos sobrenaturales: maná que cae del cielo.

Bajemos a tierra. Haciendo a un lado la imaginación febril, el crecimiento precisa de inversión. Y ahí, Houston, tenemos un problema.

En efecto, se recordará que durante Bachelet II la inversión cayó sistemáticamente, terminando al cabo de su gobierno en un nivel similar al de 2011; hacia fines de este año habrá recobrado, apenas, el nivel de 2013. Si se quiere que los programas tengan un mínimo de verosimilitud, es imperioso aumentar sustantivamente la inversión.

¿Pero de qué depende la inversión? Si bien suele ser veleidosa, exhibe ciertas regularidades.

Por un lado, y recordando a Tobin, Premio Nobel de Economía, se espera que la inversión correlacione con la ratio valor bolsa/valor libro de las empresas: aumenta cuando lo que el mercado está dispuesto a pagar por el capital —valor bolsa— sube respecto de su valor de reposición —valor libro—.

La aproximación de Tobin funciona razonablemente bien. En efecto, para las empresas IPSA, durante 2010-13, la ratio bolsa/libro promedió 2,7 y la inversión creció un 11% anual, mientras que en 2014-17 la ratio bajó a 1,8 y la inversión cayó en promedio 2,4% por año. ¿En cuánto está la ratio hoy? En 1,13. Saque conclusiones.

La ratio bolsa/libro tuvo un desplome después del 18-O, lo que subraya la importancia del orden público para la inversión. ¿Cuántas veces se menciona “orden público” en las 256 páginas del programa de Boric? Cero. Hasta ahí, Tobin.

Por otro lado, la inversión también depende del ahorro: a mayor ahorro, menor costo financiero y más inversión. Y ahí el problema es mayúsculo porque el fisco, sin ser inversor, tiene déficits que por definición son “ahorro negativo”. El déficit actual asciende a 8,3 puntos de PIB, lo que es una cifra colosal: 40% de la inversión. Pero no solo es relevante la cuantía de ahorro, sino también su composición: la disposición de fondos que permitan financiar inversiones a largo plazo. Pues bien, el último “retiro” propuesto para las rentas vitalicias, en la forma como fue aprobado esta semana en la Cámara de Diputados —radicalmente confiscatorio— compromete la supervivencia de la industria de seguros de vida, que es la única que provee financiamiento privado nacional de bonos a más de 15 años en Chile (unos 12.000 millones de dólares).

Se agregan a ello incertidumbres sectoriales. Difícilmente habrá grandes inversiones en minería, toda vez que aún no se conoce la nueva Constitución, como tampoco el nuevo royalty. En puertos, no se sabe de grandes inversiones para el futuro inmediato, a pesar de que mayoritariamente están operando casi al 100% de su capacidad. ¿Cómo se espera crecer, en una economía abierta, sin inversiones portuarias?

Sí se vislumbran inversiones asociadas al cambio climático, pero allí, con excepción de las posibilidades del hidrógeno verde, las inversiones vendrán mayoritariamente a paliar la sequía o a sustituir stock de capital existente (reemplazo del carbón en generación eléctrica), por lo que no aumentarán el crecimiento a largo plazo.

Tampoco es consuelo el nutrido programa de concesiones de obras públicas, porque los proyectos precisan aún de aprobaciones ambientales, lo que dejará su ejecución efectiva para dos o tres años más adelante.

Conclusión: tendremos “sequía” de inversiones en los próximos cuatro años. Ello pone un signo de interrogación al guarismo de crecimiento económico que suponen los “programas”. ¿Qué dicen los candidatos? Pregunta para el próximo debate.