«Tres causas, entonces, explicarían la popularidad de los retiros: 1) les salen ‘gratis’ a los parlamentarios; 2) atienden el temor a expropiación de los fondos y 3) atienden necesidades de dinero por motivos precautorios. De cara a tres causas, corresponde plantear tres propuestas, si hemos de terminar con los retiros”.

“Lo primero es matar a todos los abogados”, decía Shakespeare, oculto tras uno de sus personajes en “Henry VI”. En los tiempos del dramaturgo, los economistas aún no existían. De haber sido el caso, quizá habría llamado a matar a estos, porque —sin ánimo de ofender— a ratos solemos ser tan impopulares como los abogados.

Es lo que está ocurriendo con los “retiros previsionales”. En efecto, los economistas, casi unánimemente, se han opuesto a los retiros y por muy buenas razones: su negativo impacto en las pensiones futuras y el alza de tasas de interés de largo plazo. Sin embargo, su opinión ha caído en saco roto porque los retiros son muy populares: no por nada, parlamentarios de todo el espectro ya han promulgado tres y cabildean ahora por un cuarto. El resultado, entonces, es un coro de lamentos de economistas, mientras la gran mayoría de la población celebra. Impopularidad total de la profesión.

Paradojalmente, ha contribuido a dicha impopularidad la acción del propio Banco Central, entidad dirigida por economistas. De cara a los retiros, y atendiendo a objetivos de estabilidad financiera, el Central ha salido activamente a mitigar el impacto en el corto plazo. Lo ha hecho tan bien que se ha sacado “un siete”: los retiros, al momento de ocurrir, casi no mueven la aguja del mercado. Ello ha hecho que los retiros salgan “gratis” para los políticos: se promulgan y “no pasa nada”. Sin embargo, y como está siendo evidente, el alza de tasas augurada por los economistas sí ha comenzado a ocurrir, solo que desplazada en el tiempo. Ventana de tiempo suficiente para que ningún parlamentario se sienta responsable por ello.

La otra cara de la popularidad de los retiros debe buscarse en el apoyo de la gente a los mismos. Se precisa entender qué motiva dicho apoyo. Vamos viendo.

La popularidad de los retiros, si alguna vez tuvo que ver con las caídas de ingreso de los hogares, hace rato que no es así. El Banco Central ha proveído suficiente análisis al respecto y no nos vamos a repetir. La cosa no va por ahí.

Podría postularse una hipótesis de “irracionalidad” de los imponentes: tendrían cierta incapacidad para prever adecuadamente el futuro, gastando todo lo que puedan hoy, pero ignorando por completo las consecuencias futuras. Esta hipótesis tampoco es consistente con la evidencia. En efecto, a enero de este año, al menos un 62% de los retiros no había sido gastado y había retornado al mercado de capitales bajo distintas formas —ver presentación de abril de 2021 del presidente del Banco Central al Senado. Si la hipótesis de “ceguera” respecto del futuro fuera cierta, no observaríamos dicho comportamiento.

Sostengo aquí, haciendo honor a la disciplina económica, que el apoyo popular a los retiros se puede explicar, precisamente, en razón del comportamiento racional de los agentes.

Partiendo por lo más obvio, los múltiples anuncios de introducción de elementos “solidarios” al sistema previsional —léase sacarles dinero a unos para dárselo a otros—, por no hablar de nacionalizaciones, hacen perfectamente racional retirar todo lo que se pueda, así de simple.

Siguiendo con lo menos obvio, se recordará que el “cash” —dinero contante y sonante— forma parte de cualquier portafolio eficiente de inversiones. En tal sentido, los fondos de las AFP, al no considerar “cash”, resultan incompletos. Ello no es problema para los estratos altos, que usualmente cuentan con cash propio. Pero sí lo es para los estratos medios y bajos, siempre “cortos de cash”. En tal sentido, los retiros les han permitido acceder a un portafolio más completo, al que antes no tenían acceso. Por otro lado, se recordará también que uno de los motivos para demandar dinero es el “precautorio”: contar con “cash” para casos de emergencia. Nuevamente, ese no es un problema para los estratos altos, pero sí para la gran clase media. Pues bien, se observa que los retiros están atendiendo dichas necesidades: casi el 85% de los retiros que no se gastaron fueron colocados en instrumentos altamente líquidos. La gente quiere tener “la plata a mano”.

Tres causas, entonces, explicarían la popularidad de los retiros: 1) les salen “gratis” a los parlamentarios; 2) atienden el temor a expropiación de los fondos y 3) atienden necesidades de dinero por motivos precautorios. De cara a tres causas, corresponde plantear tres propuestas, si hemos de terminar con los retiros.

Primero, el Banco Central haría bien en no “sacarse un siete” frente a cada retiro: bastaría con un cinco. Las alzas de tasas que sobrevendrán después debieran visibilizarse antes. Ahí el retiro dejará de ser “gratis” para los parlamentarios que lo propongan.

Segundo, el candidato presidencial de la derecha, en vez de destinar esfuerzos intentando “disciplinar” a sus parlamentarios para que no propongan retiros, debería concentrarse en decir a los cuatro vientos que bajo su mandato los fondos previsionales actuales serán inviolables. Será prontamente imitado por sus contendores. ¿Por qué? Porque al votante socialista tampoco le gusta que lo expropien. Ello atendería el temor a la expropiación.

Tercero, debería sustituirse la propuesta de un nuevo retiro por un mecanismo alternativo que permita, para los imponentes que así lo elijan, la posibilidad de retirar “cash” hasta un determinado porcentaje de su saldo. Ello atendería la necesidad de tener “la plata a mano”, en caso de necesidad, sin tener que hacer retiros, amén de completar el portafolio. El asunto requiere algunos ajustes técnicos —evitar externalidades entre quienes opten o no por esta opción— que el espacio de esta columna impide elaborar. Pero se puede.

Como se ve, es posible avanzar más allá del lamento. Y, de paso, evitar que aparezca un Shakespeare criollo que proponga matar a todos los economistas.